Causalidad: Capítulo 2, Hogar Dulce Hogar

Causalidad es una novela por entregas de misterio escrita por Carolina Santos. Cada semana publicaremos dos capítulos. El texto del capítulo siempre estará, pero además le acompañará el audiolibro de cada capítulo.

En este capítulo Amelia se reencuentra con su familia y su mejor amiga y descubrimos algunos detalles de su pasado

Capítulo 2: Hogar Dulce Hogar


Llamé a la puerta y esperé, nerviosa.

El edificio se mantenía tal y como lo recordaba: las enredaderas trepando a lo largo de los tres pisos hasta el tejado, el pequeño roble que planté justo antes de irme…

Mi madre abrió la puerta, mirándome con ternura.

Me dio un abrazo asfixiante, de esos que solo las madres saben dar. 

– ¡Por fin en casa, mi amor! 

Me acarició la mejilla, y su gesto sonriente se torció al reconocer la cicatriz de mi barbilla.

– ¿Y eso? – pronto se arrepintió de la pregunta, temiendo lo que le iba a responder – Anda, sube a cambiarte, que comemos en un rato.

Me hizo pasar, y tuve la sensación de que no había pasado el tiempo. Mi hermana pequeña estaba sentada en el sofá, con la Tablet entre las piernas. Patri tenía doce años, y ya se pintaba la raya del ojo. No se movió del sofá cuando pasé delante de ella, estaba muy inmersa en el juego.

Me recordaba mucho a cómo era yo antes.

Mi habitación estaba exactamente como la dejé: las paredes, de color rosa, con un escritorio lleno de productos de maquillaje y pintauñas. 

En un lado del espejo había una foto de Mateo conmigo, hace tres años. Yo llevaba mi pelo rubio largo recogido en una coleta, y un pantalón corto con un top. Mateo me agarraba por la cintura, y me besaba en la mejilla.

Arranqué la foto y me miré al espejo, el cual me devolvió una nueva imagen de mí, casi irreconocible.

El pelo, antes largo, estaba cortado de mala manera por los hombros. Tenía unas ojeras marcadas, y la cicatriz de la barbilla me hacía parecer más madura.

 Me quité el uniforme grisáceo y abrí el armario. Estaba lleno de minifaldas y tops. Ya no me sentía bien llevando esa ropa, así que le cogí prestados unos vaqueros a mi hermano y una camiseta blanca larga.

Sonreí a mi reflejo y bajé al comedor.

Mi madre y mis hermanos ya estaban sentados. Se me hizo la boca agua al ver los macarrones con chorizo que habían preparado.

Se hizo el silencio cuando me senté. Mi hermano mayor Raúl me observaba, inseguro.

– Bueno, ¿y qué tal el insti, Patri? – dije, como si no pasara nada.

Raúl me miró con odio y se levantó de la mesa.

– Lo siento, mamá, no puedo hacer como si no pasara nada. No me puedo sentar a la mesa con ella.

Me señaló, como si fuera un animal peligroso. 

Mi hermano también me tenía miedo. 

– Entiendo que la gente que no me conoce dude de mí – dije, tragándome el nudo de la garganta – Pero que tú, que me conoces de toda la vida, me veas capaz de hacer algo así… 

Raúl dio un golpe en la mesa.

– Amelia, lo he visto. Y un juez también. 

Me sentía una extraña incluso en mi casa. Todo el mundo me culpaba.

 – Escúchame, Raúl. Yo no lo hice. Llevo dos años pagando por algo que no he hecho.

– Todos llevamos pagando las consecuencias estos dos años, Amelia. ¿Tú sabes lo que es que nadie en el pueblo te dirija la palabra porque tu hermana está encerrada en el Reformatorio? Sin contar con que papá nos abandonó, y tuve que dejar mi carrera de periodismo porque no había dinero en casa.  

– Parad ahora mismo los dos – rogó mi madre, con los ojos rojos. – Ya ha acabado todo, volvemos a estar la familia unida. A partir de ahora todo va a ir a mejor.

– No tienes ni idea de lo que es el Reformatorio, de lo que he tenido que pasar. Del miedo que se siente por los pasillos, cuando tienes que salir de tu habitación al baño. A veces he creído que me iban a matar. Ya paro, mamá. No te preocupes, que no nos peleamos más.

Me levanté y salí de casa, cerrando la puerta tras de mí.

Necesitaba relajarme. Respiré hondo y caminé hacia el instituto, esperando encontrar a mi mejor amiga, pues su madre era la directora del centro y se pasaba allí todas las tardes.

Al entrar en el edificio, una ola de recuerdos me sobrevino. Me daba la sensación de que en cualquier momento me encontraría a Mateo esperándome en alguna esquina. 

Aunque sabía que eso era imposible.

– Buenos días – saludé a la conserje – ¿Está Teresa?

La mujer no levantó la vista de su móvil cuando preguntó:

– ¿De parte de quién?

– De Amelia Moreno.

Levantó la vista y me observó. Conocía mi nombre. Sabía lo que me había pasado.

– Esto, me temo que ahora no está aquí, mejor ve a buscarla al parque…

Me tenía miedo.

Fui hacia la puerta, pero entonces escuché:

– ¿Amy?

Teresa me abrazó muy fuerte.

– Dios, has cambiado un montón… Estás mazo delgada…

– Tú sigues exactamente igual.

La miré a los ojos. No se apreciaba ningún matiz de duda o miedo.

Nos fuimos a dar una vuelta por el pueblo. Ella me contó que tenía novio, un tal Luis, con el que llevaba saliendo casi tres meses.

– No sabes lo que te había echado de menos… El insti era mazo aburrido sin ti. ¿Sabes? Mi madre me ha prohibido hablar contigo, pero me da igual. Yo sé que tú no fuiste. 

Escuchar aquello me hizo sentirme bien, después de mucho tiempo. Por fin alguien me creía.

Volví a casa para cenar, sin hablar con nadie. Mi madre dijo algo como “estábamos preocupados”, pero no le hice mucho caso. Subí a mi habitación y me puse la alarma para las ocho del día siguiente, pues había quedado con el hermano de Alec, mi mejor amigo del Reformatorio, para ir a buscarle.

Suspiré y cerré los ojos, intentando dormir. Aun estando en mi casa, sentía que estaba en el lugar equivocado, que ya no pertenecía a este pueblo

No, nunca volvería a ser la misma.

CONTINUARÁ

Escritora: Carolina Santos

Narradores: Carolina Santos y Rocky Rocker


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